Entrevista a Jean Nouvel

Ha firmado casi 200 proyectos y asegura que cada uno de ellos supone una aventura apasionante porque no tiene nada que ver con los anteriores. Este celebradísimo arquitecto galo, premio Pritzker en 2008, ha recorrido un largo camino inventando tipologías en una trayectoria insaciable a la que hay que sumar el Museo Louvre de Abu Dabi.

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Jean Nouvel

Jean Nouvel

Institut du Monde Arabe, en Paris Jean Nouvel

Institut du Monde Arabe, en Paris

Conjunto de viviendas en Nemausus Jean Nouvel

Conjunto de viviendas en Nemausus

Museo del Louvre, en Abu Dhabi Jean Nouvel

Museo del Louvre, en Abu Dhabi

Museo del Louvre, en Abu Dhabi Jean Nouvel

Museo del Louvre, en Abu Dhabi

Museo Leeum Samsung, en Seúl Jean Nouvel

Museo Leeum Samsung, en Seúl

Ampliación del Museo Nacional Reina Sofia en Madrid Jean Nouvel

Ampliación del Museo Nacional Reina Sofia en Madrid

Torre Agbar, en Barcelona Jean Nouvel

Torre Agbar, en Barcelona

Fundación Cartier, en Paris Jean Nouvel

Fundación Cartier, en Paris

One Central Park, en Nueva York Jean Nouvel

One Central Park, en Nueva York

La Marseillaise, en Marsella Jean Nouvel

La Marseillaise, en Marsella

Jean Nouvel (Fumel, Francia, 1945) tiene proyectos por todo el mundo y, sin embargo, no se considera un arquitecto internacional. Él es francés. A pesar de su rotunda presencia, a pesar de la curva de su barriga, su elegancia es parisina y esa denominación de origen la transmiten sus enigmáticos edificios negros, su exquisito uso del vidrio y el metal, y su vocación innovadora. En casi cincuenta años de profesión, Nouvel ha aportado sobre todo ideas. Ha diseñado viviendas transformables con estructura de hormigón revestida de aluminio (Nemausus, Nîmes, 1985) o ha puesto al día la arquitectura islámica (Instituto del Mundo Árabe de París, 1987). En Berlín ideó en 1996 el inmueble-pantalla con las Galerías Lafayette y, ese mismo año, redujo un edificio a su estructura con la exquisita Fundación Cartier de París. En España ha diseñado la ampliación del Centro de Arte Reina Sofía de Madrid (2005) y la torre más alta de Barcelona (Torre Agbar, 2005), un inquietante y criticado edificio, convertido hoy en indiscutible icono urbano. En la última década también ha construido en Estados Unidos (Teatro Guthrie en Minneapolis) y en Corea del Sur (Museo Leeum Samsung en Seúl). En Abu Dabi y en Qatar ha firmado los últimos años dos nuevos proyectos, una biblioteca y un museo que bien merecen ser considerados de lo mejorcito que ha hecho.

Usted tiene 73 años y hasta hace muy poco se reinventaba en cada proyecto...

Lejos de buscar repetir una solución o lejos de intentar imponer un sello, me gusta empezar de cero en cada trabajo. Me interesa la sorpresa y el diálogo. No me gusta utilizar los edificios de un lugar como excusa. Interpretar lo que hay me parece menos respetuoso que hablarle de tú a lo existente. Ninguno de mis edificios es igual a otro. Ni siquiera yo sé cómo será cada edificio.

¿Cómo trabaja entonces con la identidad de un lugar?

La identidad es crear diferencias y hacerlas dialogar con la ciudad. La diferencia es lo que me ha dado fama.

¿Eso significa que se exige continuamente estar cambiando?

Me siento obligado a no dejar de investigar. Siempre digo que es importante que mis edificios sean más famosos que yo. Y creo que es así. Si soy famoso no debe ser por ser calvo, sino porque he construido edificios que interesan a la gente y hacen preguntas.

¿De dónde le viene ese anhelo de cambio?

Es una autoexigencia. Manera de ser. Cuestión de educación

¿Le exigieron mucho de niño?

Fui un niño exigido, sí, pero a la vez consentido.

¿Cómo?

Mis padres eran rigurosos. Exigentes. Me dieron una buena educación, pero me prohibieron lo que más me gustaba.

¿Qué le gustaba de niño?

Los cómics y el cine. Mi padre era inspector de educación y mi madre profesora de inglés. Relacionaban exigencia con educación. Eso no es malo. A lo mejor yo también soy exigente. Uno de mis hijos es director de cine. Lo que yo no pude ser…

El cine está presente en su trabajo. Ha firmado hoteles decorados con proyecciones de fotogramas (The Hotel en Lucerna, Suiza) o imágenes provenientes de la historia de la pintura proyectadas sobre la pared (Hotel Puerta América en Madrid).

El cine es el arte del siglo xx. Y puede tener un eco en la arquitectura dotándola de cierta ilusión de movilidad. Además, las decoraciones proyectadas son cambiantes, como nuestras necesidades. Me pareció un terreno a explorar y eso hice.

¿La exigencia de su madre profesora le provocó resistencia a hablar en inglés?

Entiendo que el inglés es hoy el idioma universal. Pero soy una persona que se entrega en lo que hace. No me gusta dejar cabos sueltos. Por eso si puedo elegir idioma, elijo el que domino.

Desde que usted habla inglés en público ha ganado el premio Pritzker...

Lo hablo más ahora porque construyo por todo el mundo. A lo mejor me han dado el Pritzker por ese motivo.

¿Usted cree?

No, creo que habrá sido por haber sido fiel a una trayectoria de innovación continua. Eso es lo que he hecho.

Usted ha sido y es un arquitecto innovador, de los que cambian las cosas, pero de pequeño quería ser pintor.

Sí, es verdad.

¿Por qué no fue pintor?

A mi familia le parecía más importante el respeto que la vocación. Mis padres eran maestros y la de profesor era una profesión respetable. También lo es la de ingeniero o la de arquitecto, pero no la de pintor. Por eso tuve que estudiar arquitectura.

Y dejó de pintar...

Ahora vuelvo a hacerlo. Cuando cumplí sesenta años me busqué un estudio privado para hacer esculturas de cristal. Está en Niza. Pero me he resistido mucho, décadas. No quería ser un pintor dominguero. Los pintores ocasionales no son buenos. Fíjese en Le Corbusier. Como pintor siempre seguía a alguien.

Hoy esculpe en privado. Y trabaja a destajo. Firmó el espectacular museo-jardín Quai Branly en París.

En ese Museo de París trabajé con la vegetación que es, por estar viva y por ser aparentemente frágil, lo contrario a la arquitectura y, por lo tanto, su complemento necesario. La arquitectura es el arte de los límites y la obligación de los arquitectos es esforzarnos al máximo por ampliar esos límites.

En los años ochenta ideó viviendas transformables. ¿Hoy no le preocupa tanto el lugar donde vive la gente?

Ideé en Toledo un edificio-ciudad con 2.000 viviendas de protección oficial. Era un híbrido entre lo rural y lo urbano que quería convertirse en un referente para el crecimiento de las ciudades del futuro.

¿Qué puede un arquitecto hacer hoy por la vivienda?

Una casa no está solo entre sus paredes. El barrio afecta a la vida de la gente tanto como la vivienda. Y más allá del barrio, sus conexiones con el resto de la ciudad, también. En ese marco, un arquitecto puede y debe hacer de todo.

¿El crecimiento suburbano de adosados es agua pasada?

La invasión de las casitas destroza el campo. Debemos pensar alternativas. Yo lo he hecho muchas veces. Un ejemplo es el proyecto de Toledo que le comentaba.

¿Usted aplicaría al paisaje la ambigüedad que defiende para la arquitectura?

El campo debe ser campo, no suburbio, y la ciudad debe ser urbana. En el crecimiento de las ciudades del siglo xx, el único valor ha sido el metro cuadrado. Toda la vida he luchado por cambiar eso. Pero hay que hacerlo interpretando las normas, que cuesta más trabajo que aplicarlas.

¿Qué transforma un edificio en arquitectura?

La relación con el lugar. Estoy en contra de la arquitectura genérica. No se puede construir lo mismo en todas partes. Hay que ser específico, entender el lugar.

Construye por todo el mundo: de Estados Unidos a Abu Dabi ¿Seguirá cambiando en cada lugar?

Yo no cambio. Cambian mis edificios. Cada uno es una aventura, el límite es mi cerebro.

Algo tendrá que decir el cliente…

La arquitectura es como bailar un tango: uno no puede bailar solo. Por eso es fundamental encontrar pareja. Y una vez tienes pareja, la arquitectura se convierte en una superproducción cinematográfica. Es un asunto de equipo que mueve muchas cabezas y afecta a mucha gente.

¿Qué aporta un edificio suyo hoy?

Busco romper la monotonía de los lugares.

La Torre Agbar es un edificio tan popular como criticado por los arquitectos...

La crítica arquitectónica es a la arquitectura lo que la ornitología a los pájaros. Estoy acostumbrado. Soy una persona de extremos. Apasiono o disgusto.

Hablando de extremos, en 2012 terminó el Louvre de Abu Dabi.

El Louvre es una gran cúpula que utiliza celosías, y filtra la luz y el sol. Puede parecer un icono porque eso buscaban mis clientes para anunciar un proyecto tan importante. Pero, en realidad, es una reinterpretación de la arquitectura islámica. La arquitectura creará un microclima, será árabe y a la vez parte de la nueva ciudad. Entiendo así los museos, no como islas. He intentado integrarme en lo que será un nuevo barrio cultural y cosmopolita. Lo que ellos quieren conseguir es el placer de regresar que irradian muchas ciudades europeas. Y yo creo que la cultura es eso: placer y bienestar, no ciencia exacta.

¿Dudó antes de aceptar el encargo?

No. Todo el mundo tiene derecho a acceder a la cultura. La cultura no pertenece a los lugares, sino a las personas. Los edificios sí. El Louvre de Abu Dabi será árabe. Tendrá sentido allí y no lo tendría en París. Si no creas esas raíces repites el mismo edificio por todo el mundo. Algo que hacen muchos arquitectos hoy.

¿Está satisfecho de todo lo que ha hecho?

Me satisfacen todos mis edificios, pero no siempre su mantenimiento o cómo han sido construidos. La arquitectura es como una botella en medio de la ciudad e igual que la que flota a la deriva en el mar depende de quién la recoge.

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