Entrevista a Herzog & De Meuron

Llevan treinta años juntos, en el mismo estudio y en la misma ciudad suiza en la que nacieron, construyendo una obra que no deja indiferente. Jacques Herzog y Pierre de Meuron son dos arquitectos indiscutibles en el olimpo de los grandes. Su trabajo, de una plasticidad inequívoca, aporta un gran esfuerzo experimental que regala a todos sus proyectos una poderosa identidad

Irene Conca

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Herzog y De Meuron

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Herzog y De Meuron

Ampliación de la Nueva Tate Modern en Londres

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Ampliación de la Nueva Tate Modern en Londres

Aparcamientos 1111Lincoln Road en Miami

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Aparcamientos 1111Lincoln Road en Miami

Caixa Forum Madrid

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Caixa Forum Madrid

Expansión de la Gund Hall de Harvard

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Expansión de la Gund Hall de Harvard

Rascacielos 56 Leonard St en Nueva York

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Rascacielos 56 Leonard St en Nueva York

Filarmonica Elba en Hamburgo

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Filarmonica Elba en Hamburgo

Rascacielos en Beirut

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Rascacielos en Beirut

Rascacielos del BBVA en Madrid

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Rascacielos del BBVA en Madrid

Tienda de Miu Miu en Aoyama Japon

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Tienda de Miu Miu en Aoyama Japon

Proyecto de un rascacielos para Paris

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Proyecto de un rascacielos para Paris

Jacques Herzog pone la voz. Pierre de Meuron, el segundo plano, el de la gestión. Los autores de algunos de los edificios más emblemáticos de las últimas décadas –el Estadio olímpico de Pekín, la galería Tate Modern de Londres, el Caixa Forum en Madrid, la VitraHaus en Weil am Rhein (Alemania), la tienda de Prada en Tokio o las bodegas Dominus en California– nacieron en Basilea, Suiza, el mismo año (1950) y se conocieron de niños, en el parvulario. “Nos hicimos amigos porque somos diferentes”, cuenta Herzog. Todo lo cuenta él. De Meuron no concede entrevistas. Pero su socio explica que a los niños les gusta la gente que es diferente, pero les ayuda a ser lo que quieren ser. “Pierre era el manitas. Y yo hablaba más que él”, recuerda. Herzog comenzó estudiando biología, y hoy las infinitas posibilidades de la naturaleza están presentes en sus investigaciones como arquitecto. De Meuron se inició en la ingeniería antes de estudiar arquitectura. Todavía tiene esa mentalidad resolutiva, sin embargo decidió complicarse la vida con la arquitectura, “un trabajo en equipo en el que ni los malos trabajan solos”, explica Herzog sarcástico.


Llevan 30 años en el mismo estudio, en la calle Rheischanze de la zona medieval de su ciudad natal. Solo que ahora la oficina ocupa varios edificios en las callejas estrechas cerca del río Rin. Trabajan con 350 arquitectos y levantan proyectos por todo el mundo. A pesar de eso, o por eso, no tienen un sello propio, y sin embargo sus edificios comparten el aire de familia que proporciona la experimentación.

¿Cómo se puede trabajar por todo el planeta sin exhibir un sello reconocible?
Somos el estudio de arquitectura experimental más grande del mundo. Tal vez intentar cosas nuevas sea nuestro mayor logro. Nos da miedo la rutina. Necesitamos probar cosas. Investigamos lo que la arquitectura puede dar de sí. Y esa investigación define nuestro lenguaje.

Desde las fachadas al principio y desde las formas después, siempre han defendido los edificios sensuales.
La sensualidad y la belleza hacen que los edificios permanezcan en la memoria de las personas. Es el arma que empleamos contra los promotores que solo quieren construir rápido y barato, y que deciden cómo son las ciudades. La arquitectura debe tratarse como un arte. Es el arte más cercano. El que usamos a diario.

Desde que recibieron el Premio Pritzker, en el año 2001, han apostado por una arquitectura muy formal.
Queremos saber hasta dónde puede llegar la arquitectura. Eso se puede investigar. Y esa investigación nos interesa. La arquitectura debería ofrecer la misma riqueza que la naturaleza. Ésta sigue siendo nuestro modelo más extraordinario para todo.

Les dieron el Pritzker con menos de cincuenta años.
Nuestro mayor premio fue ganar el concurso para hacer la Tate Modern, de Londres. Con ese proyecto tratamos de escapar de las ideas preconcebidas. El término minimalismo, aplicado a la arquitectura, no existía antes de que nosotros hiciéramos algunos trabajos. La vía minimalista fue nuestra manera de escapar del posmodernismo de los años ochenta y, como estilo, el minimalismo fue adoptado por un país entero: se convirtió en sinónimo de arquitectura suiza. También algún arquitecto inglés hizo de esa etiqueta su credo, una moda. Como resultado, el minimalismo se convirtió en algo aburrido y decidimos escapar.

La Tate Modern fue una rehabilitación más transformadora que muchos edificios de nueva planta...
También nos transformó a nosotros. Convertimos el museo en una gran plaza cubierta, gigante, como una catedral. Pero podíamos haber fallado. Apostamos por el vestíbulo, la
sala de turbinas, un espacio de muchos metros de altura ganado para los ciudadanos. Creemos que esa idea cambió Londres. Y también nos ayudó a ser lo que somos hoy. En España, el edificio de CaixaForum de Madrid se levanta para ceder su propio suelo a una plaza pública. Con eso ganamos todos.

¿Su arquitectura se ha transformado con ustedes?
Todos tenemos derecho a cambiar. Uno no es igual con 20 años que con 40. La transformación es parte de la vida. Si hoy quisiéramos hacer los proyectos que nos dieron fama hace 20 años nuestro trabajo sería predecible y aburrido, un ejercicio de estilo. Creo que nuestra arquitectura es más rica que hace quince años.

¿Cómo se atrevieron a experimentar?
Sucedió cuando supimos que podíamos fallar sin hundirnos. Llegó con la experiencia. Sabemos que incluso si nos dedicáramos a hacer un único edificio, no sería perfecto. Hablamos con frecuencia de eso y llegamos a la conclusión de que si solo hiciéramos un proyecto en cuatro años eso no lo haría mejor. Hemos entendido con la experiencia que en cada proyecto enseñas tanto como aprendes.

Ustedes se conocieron en la escuela, cuando tenían seis años.
Nos entendimos desde nuestras diferencias.

¿Por qué estudiaron arquitectura? ¿Sus padres eran arquitectos?

No había ningún arquitecto en las familias. Mi madre era sastra. El gusto por la ropa lo heredé de ella. Y mi padre, funcionario. El padre de Pierre trabajaba para una empresa farmacéutica. Cincuenta y seis años después siguen viviendo en Basilea, una ciudad que aparentemente no ha cambiado tanto como el mundo. Vivir en Basilea nos hace pensar en la transformación de las ciudades. Porque ha crecido con calma, haciendo visible su historia. Eso da riqueza a una ciudad. Hoy, incluso en Suiza, muy poca gente juega en la calle. Y eso transforma las ciudades. Los niños que jugaban en la calle cuando yo era pequeño eran más espabilados que los que jugaban encerrados en un jardín privado.

¿Por qué han buscado la colaboración con artistas?
Nos gusta más su compañía que la de los arquitectos. Los arquitectos necesitan un programa y un cliente antes de empezar. Los artistas, un papel en blanco. Los arquitectos se quejan de los límites, pero serían incapaces de enfrentarse a un lienzo en blanco. No están muy acostumbrados a desarrollar su propio mundo, a imaginar un mundo.

¿Quién de los dos suele arriesgar más, Pierre o usted?
Nos vigilamos mutuamente. En cuanto uno se adormece, el otro le despierta. Lo importante para nosotros es mantenernos vivos. La arquitectura es como un equipo de fútbol. No se trata de hacer el mejor edificio del mundo de todos los tiempos. Se trata de hacer, en cada momento, el mejor posible, con las condiciones de las que partes. Hacer eso te libra
de obsesiones, incluso de ideologías políticas o religiosas, que a mí, más que nada, me dan miedo. Esa gente que va por la vida con la impresión de que tiene razón da miedo. Odio las obsesiones. Aunque las obsesiones dan forma a las ciudades. La arquitectura y el urbanismo son muy psicológicos. Y hay que emplear esas herramientas. Con todo, no me interesan las interpretaciones en arquitectura, me interesan los hechos. Todo lo demás es palabrería.

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