Un hotel boutique que rescata, con sabor moderno, la arquitectura neoclásica del edificio

El hotel boutique Casa Popeea, parte de una antigua casa de 1900. El estudio londinense Manea Kella ha realizado una reforma respetuosa, manteniendo el encanto histórico del edificio y conservando sus detalles "art nouveau", pero incorporando piezas contemporáneas.

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Está ubicado en una antigua casa abandonada que fue parcialmente destruida en un incendio en 1923.

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La escalera de roble original que conduce a las habitaciones de huéspedes fue desmantelada meticulosamente y enviada a expertos carpinteros en Transilvania para su restauración.

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El sitio es pequeño, pero complejo. La entrada principal se abre a un patio que conduce a un área de recepción íntima y llena de luz en el corazón del edificio.

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Las habitaciones son frescas y neutras, con cortinas de lino, cálidas camas de madera y elegantes lámparas colgantes.

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En el sótano hay un spa, con piedra caliza búlgara, mármol negro y roble macizo teñido y aberturas en el techo que mejoran las cualidades reflectantes de los materiales naturales.

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Manea Kella ha diseñado una barra de madera con la superficie de mármol combinada con estantes cuadrados en el mismo material.

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La cafetería, la recepción y el vestíbulo están decorados con muebles de roble macizo teñido, carpintería y muebles a medida.

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La luz natural entra por los amplios ventanales, iluminando todas las estancias del hotel.

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A través de una celosía de madera se genera un espacio de tránsito con personalidad.

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Este material natural está presente en todos los espacios y contribuye a crear unos interiores más confortables.

El estudio londinense Manea Kella ha salvado una casa abandonada en Braila, Rumanía, al borde de la destrucción, para convertirla en el hotel boutique Casa Popeea. Trabajando con el estudio local Penta Stil, los diseñadores convirtieron la propiedad en ruinas, anteriormente conocida como "la perla del barrio helénico de la ciudad", en un establecimiento de once habitaciones.

Originalmente construido en 1900 por un comerciante naviero griego, el edificio sufrió varios contratiempos: fue parcialmente destruido por un incendio en 1923, y, después de la Segunda Guerra Mundial, fue confiscado por el régimen y, por lo tanto, descuidado y expuesto a los elementos.

A la hora de devolver la vida al edificio, los diseñadores mantuvieron su encanto histórico y sus detalles art nouveau, equilibrados con algunas incorporaciones contemporáneas. "Trabajamos con la idea de que la estructura original debía enfatizarse en su contexto espacial y materialidad original, y con el hecho de que lo nuevo debía reflejar lo perdido, pero sin imitarlo", explica Manea Kella.

El sitio es pequeño, pero complejo. Los diseñadores buscaron abrir el hotel al paisaje urbano circundante, mejorando el acceso y la circulación, al alterar el plano de planta. La entrada principal se abre a un patio que conduce a un área de recepción íntima y llena de luz en el corazón del edificio. Una entrada secundaria guía al público en general a través de pasillos cuidadosamente restaurados con paredes de yeso moldeadas a mano hasta Café Popeea, una cafetería artesanal y una brasserie. La paleta de materiales ricos, cuidadosamente escogida, habla tanto de los elementos históricos como de los contemporáneos.

La recepción, el vestíbulo y la cafetería cuentan con suelos de roble macizo teñido, carpintería y muebles a medida. La escalera de roble original que conduce a las habitaciones de huéspedes fue desmantelada meticulosamente y enviada a expertos carpinteros en Transilvania para su restauración. Las habitaciones son frescas y neutras, con cortinas de lino, cálidas camas de madera y elegantes lámparas colgantes. En el sótano está ubicado un spa, con piedra caliza búlgara, mármol negro y roble macizo teñido, con aberturas en el techo que mejoran las cualidades reflectantes de los materiales naturales.

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