¿Sabes qué es la obsolescencia programada?

La baja durabilidad de los productos se ha convertido en la diana del ecologismo. Pero ¿acaso no tenemos parte de responsabilidad con nuestra obsesión por tener siempre lo último?

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obsolescencia programada electrodomésticos

En 2017, Míele lanzó un concurso para premiar al propietario del electrodoméstico de la marca con más años de uso en España.

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En el parque de bomberos de Livermore (California) permanece encendida una bombilla incandescente de manera ininterrumpida desde 1901.

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Parka Apolonia, de Ecoalf, confeccionada con plástico reciclado

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Piñatex es un cuero vegetal hecho con los residuos de las fibras de hoja de la piña.

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El vertedero de chatarra electrónica de Agbogbloshie (Ghana) está considerado el lugar más contaminado del planeta.

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El diseñador estadounidense Brooks Stevens acuñó en 1954 el término obsolescencia programada.

Nada dura como antes. ¿cuántas veces habremos oído esta frase? Es cierto que la rotación de productos ha alcanzado un ritmo trepidante, insostenible y en ocasiones profundamente inmoral por las consecuencias humanas y ecológicas que implica. El concepto “obsolescencia programada” se extendió hace años y se define como la planificación, por parte de las empresas, de un fin adelantado de la vida útil de un objeto con la finalidad de obligar a desecharlo y volverlo a comprar.

Indudablemente, en muchos casos esta realidad responde a un plan “maléfico” por parte de los fabricantes, pero el fenómeno es más complejo y es el resultado de una intrincada maraña de razones que van desde el creciente desafecto emocional hacia los productos, pasando por la exigencia de precios desproporcionadamente baratos, hasta la implementación de la moda y la novedad como norma. Un compendio de razones económicas, técnicas y psicosociales han dado lugar a que los productos dejen de funcionar mucho antes de lo que deberían.

Los orígenes del concepto

En los años treinta, y como respuesta al crack del 29, Bernard London propuso para salir de la depresión económica una ley que pusiera fecha de caducidad a los productos, de manera que los consumidores se vieran forzados a comprar uno nuevo una vez pasado un tiempo estimado suficiente para poder afrontar el gasto.

Aunque su propuesta nunca se llevó a cabo, sí que hubo dos casos de acortamiento premeditado y concertado en la industria de la vida útil de un producto: la bombilla incandescente y las medias de nailon. En ambos casos, la gran durabilidad de los diseños originales obligó a sus fabricantes a desarrollar un producto de peor calidad que lo técnicamente posible para asegurar su viabilidad comercial.

En 1954, el diseñador americano Brooks Stevens expuso y desarrolló el término obsolescencia programada como camino a seguir en el diseño y fabricación de objetos con su lema “un poco más nuevo, un poco mejor, un poco más pronto”. Amparados en el beneficio económico inmediato, los defensores de este concepto probablemente no fueron conscientes de la perversidad de la idea en términos ecológicos, pero también de diseño. Y es que el verdadero buen diseño no se mide en cantidad, sino en calidad y en que pueda ser útil y emocionar durante más tiempo.

La tiranía del precio

Invertir el talento de los profesionales en hacer productos de baja calidad es una cruel consecuencia del imperativo del más barato todavía. En las últimas décadas se ha impuesto una bajada de precios a todas luces irreal y que en ningún caso refleja los costes reales del producto, lo que ha dado lugar a una reducción generalizada de la calidad.

Una apuesta ecológicamente suicida por la cantidad y la hipervariedad junto al ansia de poseer ha desembocado en una pérdida de valor, tanto de uso como emocional. La reducción de costes y el ritmo frenético de lanzamiento de nuevos modelos es la primera causa de obsolescencia técnica. Circula un rumor en las oficinas técnicas de productos electrónicos que dice “que dure un día más de lo indicado en la garantía”.

Tipos de obsolescencia

Hay diferentes tipos de obsolescencia más allá del chip que supuestamente le instalan a las impresoras para dejar de funcionar. Una es la obsolescencia indirecta, que se da cuando no es viable la reparación de un producto al que le ha fallado un pieza sencilla mientras que el resto es técnicamente válido.

Está también la obsolescencia por incompatibilidad, relacionada con actualizaciones de softwares informáticos o formatos de archivo. Y la más inesperada de todas: la obsolescencia biológica. Este fenómeno se da en el sector de la agricultura desde el momento en que se industrializan las semillas y se producen con alteraciones genéticas que las vuelven estériles y obligan a los agricultores a volver a comprarlas cuando de manera natural podrían reproducirse.

Soluciones que empeoran

Resulta contraproducente que con el objetivo de usar y fomentar productos más ecológicos se esté generando un daño ecológico mayor. Al sustituir por opciones ecoeficientes aquellos productos que no lo son tanto, pero continúan funcionando perfectamente, podemos estar incrementando el consumo de materiales y la generación de residuos de manera que no compense la mejora pretendida.

En el caso de los productos de consumo energético, como vehículos, electrodomésticos o iluminación, se estima que para compensar el impacto ambiental de fabricar un nuevo producto se debería acumular el beneficio de más de cinco años de uso y a partir de ahí obtener una reducción efectiva de impacto.

Por tanto, antes de cambiar a un modelo más eficiente o con unas credenciales ecológicas mejoradas hay que ser consciente del balance global. Declarar obsoleto un producto en funcionamiento porque existan alternativas mejoradas no suele ser una buena opción.

Apego emocional

Tirar y comprar de manera artificialmente acelerada no siempre está relacionado con la durabilidad real. Las modas y tendencias, lejos de responder a una trepidante creatividad de los diseñadores, son una estrategia para infundir en los usuarios la conocida como obsolescencia percibida.

Un color, una forma o un material pueden ser un indicador de que un producto es actual, pero también señalan a todo el resto que no lo son. El sector textil, donde más acusado resulta este problema, se ha convertido en una de las industrias con mayor consumo de recursos y generación de residuos.

Si el amor hacia “lo nuevo” se transformara de nuevo en el amor hacia el producto, el deseo sería por conservar y mantener durante toda la vida ya sean muebles, teléfonos o prendas de vestir.

Los límites del planeta

Es cierto que cuando se formularon los primeros postulados sobre las ventajas de la obsolescencia para el sistema no se tenía conciencia de los límites de nuestro planeta y la insostenibilidad que planteaba a largo plazo.

En la actualidad ya no hay excusa y por eso, aunque con las presiones iniciales en contra por parte de las empresas, se ha comenzado a avanzar en la limitación de esta mala praxis tan extendida. Acciones tan sencillas como aumentar la garantía de 2 a 5 años obligaría a los fabricantes a diseñar productos de máxima calidad y a disponer de recambios y sistemas de reparación eficientes durante un período más prolongado.

Por otro lado, las ventajas fiscales a productos reparables promovería la recuperación de los viejos oficios de la reparación, lo cual también revertiría en una mayor actividad económica y de mayor calidad.

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