Sol, mar y aire

En la isla australiana de Hamilton, el arquitecto Renato d’Ettorre ha creado junto a la interiorista Belinda Brown una casa rodeada de agua

Carolina Man / Fotos: Francesca Giovanelli

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Renato d Etorre Arquitectura6. Casa en la isla de Hamilton, por Renato d Etorre

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Casa en la isla de Hamilton, por Renato d Etorre

En el imaginario colectivo, el paraíso es un lugar especial en el que no existe el frío, el cielo es siempre de un color azul intenso, el mar ofrece aguas cristalinas y reposadas donde conviven peces multicolores, y en tierra la vegetación es exuberante y las flores adornan cada rincón con su intenso aroma. La isla de Hamilton, un enclave de clima subtropical situado cerca de la costa de Queensland, en Australia, tiene todo eso y más. Aquí se erige la casa que ha proyectado el estudio D'Ettorre Architects, liderado por el arquitecto italiano Renato D’Ettorre.

El lugar tiene la particularidad de ser utilizado exclusivamente por y para el descanso. Los vehículos de motor están prohibidos, exceptuando los carritos de golf. Es, sin duda, la isla por excelencia. En ella se puede contemplar la magnitud de la extensa barrera de coral; no en vano es conocida como el "guardián de la Gran Barrera de Coral". Como es de imaginar, en este caso, la arquitectura que ha ejercido el estudio D’Etorre Architects se rinde incondicionalmente a la Naturaleza y cada decisión de diseño gira en torno a ella.

La casa se rodea de una lámina azul, que se difumina con la línea del horizonte, una piscina desbordante en la que por la mañanas, con solo dar dos pasos, una zambullida borra el sueño. El sol se puede tomar aislado en una plataforma también rodeada de agua, como una isla dentro de otra isla. O en un evocador patio que enmarca el cielo, donde se disfruta de un espectáculo protagonizado por las pacíficas nubes que viajan hacia algún lugar. El espacio interior, que ha diseñado Belinda Brown, permite vivir de forma cómoda y confortable, pero siempre con la mirada puesta en el exterior, dialogando con el idílico paisaje.

La luz cambiante del día también es protagonista absoluta. Aquí Renato d’Ettore ha sabido pasar casi desapercibido a través del uso de texturas naturales, de materiales honestos, de la ausencia de gestos grandilocuentes en favor de formas geométricas puras. Muros de hormigón teñidos de blanco reflejan la luz y casi desaparecen al ser mirados, mientras que los muros interiores construidos con piedras autóctonas de la isla crean una auténtica comunión con el paisaje, y grandes planos de cristal que ofrecen tanta transparencia que la edificación se hace leve, como si flotara sobre el agua.

Para filtrar la luz y crear sombras refrescantes, porches y aleros recorren todo el perímetro de la casa, sin levantar barreras físicas. En el interior, la distribución se organiza para que desde todas las estancias se esté en contacto con la Naturaleza o con la lámina de agua que rodea la casa.

El gran espacio común acoge la cocina, el comedor y el estar, tres usos que conviven en armonía estética y funcional. Elemento unificador de todos los ambientes, el suelo de hormigón está vestido con una sedosa pátina semi brillante y un efecto marmoleado.

El patio interior es uno de los grandes aciertos del proyecto: por uno de sus lados se abre a la casa a través de una puerta corredera que ocupa casi toda la amplitud del patio, mientras que del otro lado, un sólido muro de mampostería lo cierra y lo enlaza con la tierra.

La organización del programa, en una sola planta y con recorridos que evitan pasillos y zonas muertas, hace más eficiente cada metro cuadrado. Se suceden espacios diáfanos y amplios, comunicados entre sí, con proporciones armoniosas, donde se despliega un repertorio de mobiliario de diseño depurado, preferentemente en color blanco, salpicado de cojines de distintas medidas o muebles auxiliares tapizados con colores vivos, entre los que destacan los verdes limas, convertidos en el nexo de unión de los distintos espacios y que hablan del carácter alegre y extrovertido de esta casa.

La casa, con el patio y el jardín interior, de cielo abierto a modo de claustro, se adorna con nenúfares que flotan sobre estanques geométricos a ambos lados de la pequeña escalinata que da acceso a la parte superior, donde se ha creado un cómodo chill-out. Un espacio que se ensimisma, se cierra y se repliega sobre sí mismo. Es, quizás, la única licencia en el proyecto que prescinde del paisaje exterior, creando un recinto para la meditación y el silencio.

Como dice su autor, "En el estudio D’Etorre creemos en el poder de la arquitectura porque gracias a ella podemos tomar refugio, purificar la mente, encontrar la paz, y salir iluminados y fortalecidos de la experiencia". Algo que se corresponde con lo que viven los afortunados habitantes de esta impresionante casa donde reinan el sol, el mar y el aire.

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