Hormigón visto, madera natural, metal negro, agua, roca y vegetación. Estos son los materiales básicos con los que se ha construido la Villa Boscana, enclavada en una montaña de roca asomada a la bahía de Palma de Mallorca. El arquitecto Osvaldo Luppi, autor del proyecto, afirma que “la forma arquitectónica debe ser contundente. Si no, no es forma”.
La contundencia formal, en este caso, la establece un volumen de dos plantas de hormigón visto, que se empotra en la roca generando un voladizo en la tercera planta, con un basamento de madera. No existen ventanas, sino ausencia de muros. La piscina de cristal parece flotar en la misma agua que contiene. Los tres niveles de la casa se comunican por un ascensor y dos escaleras (interior y exterior). Desde la calle se distinguen el hormigón y la madera, como materiales dominantes. La acusada pendiente del terreno ha suscitado la idea de convertir la cubierta en una especie de quinta fachada, acabándola con un manto vegetal de especies autóctonas.
Al bajar por la rampa se nos presenta el hormigón visto en toda su contundencia. La planta de acceso se desarrolla en forma de “L”: en el lado corto de ese dibujo, paralelo a la calle, una puerta corredera de seis metros de largo se abre como si fuera una antigua fortaleza. Al trasponer ese portón, el contraste se manifiesta en toda su plenitud: a ambos lados del vestíbulo, grandes carpinterías de aluminio dejan penetrar, con esplendor, el paisaje de la bahía.
El pavimento de baldosas hidráulicas y los paneles con listones de iroco predominan en el interior. A la derecha del vestíbulo, la escalera interior con barandillas de chapa de hierro macizas nos invita a descender. A la izquierda, una pared con paneles de iroco oculta el ascensor y un umbral de entrada al dormitorio principal, estancia que disfruta de la mejor apertura posible hacia el panorama exterior.
Agrupadas en un módulo, las ventanas permiten sentir que estás a la vez dentro y fuera. O la ilusión de sentirte fuera, sabiendo que estás dentro. Gracias a su barandilla de cristal, el balcón estrecho parece una jardinera que regala otra ilusión estimulante: parecería que las plantas que están al alcance de la mano se extendieran, sin solución de continuidad, hacia el bosque y se fundieran en él. El baño protege la intimidad, sin perder la belleza de las vistas.
Volvemos al vestíbulo, traspasamos la cristalera, bajamos por una pequeña escalera metálica suspendida en la pared (diseñada por el arquitecto) hasta una terraza que mira hacia la bahía. El pavimento de tarima de ipé se retrasa respecto de los límites de la terraza para crear un estanque de agua con el lecho de piedras de río. “La ausencia de barandillas otorga a la escena un carácter fuertemente onírico. Es un lugar para recorrer lentamente y detenerse acaso en el banco de obra, que ha sido horadado en el pavimento”, explica el autor del proyecto.
En el otro extremo, una escalera exterior comunica la terraza con la piscina, que constituye una pieza singular del proyecto. Desbordante en tres de sus lados, con el último medio metro formado por dos cristales pegados a una lámina de seguridad, la piscina ha sido diseñada llevando al límite material el efecto óptico de infinitud. El desnivel entre la piscina y el porche permite, además, apreciar este efecto desde la cocina.
Es en el vestíbulo donde la “contundencia formal” a la que se refiere Osvaldo Luppi se expresa con tal fuerza que trastoca nuestras nociones de estática. Voladizos imposibles. Ausencia de pilares y muros. La paradójica sensación de liviandad obtenida a través de un material tan masivo como el hormigón visto: una contradicción deliberada. Cristaleras correderas hacia ambos lados convierten –según el momento– el porche en parte del interior y el vestíbulo en parte del paisaje.