Entrevista a Daniel Libeskind

Hijo de supervivientes del Holocausto, Daniel Libeskind comenzó a construir con más de cincuenta años. Sus proyectos, como el que ha diseñado para el World Trade Center de Nueva York, le han reportado un reconocimiento no exento de polémica. Un peaje que asume con estoicismo, porque él se define como un corredor de fondo.

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Daniel Libeskind

Daniel Libeskind

Museo en Iraq

Museo en Iraq

The Crown una escultura en Casalgrande

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Detalle de la fachada del museo del Holocausto en Berlin

Detalle de la fachada del museo del Holocausto en Berlin

Museo de la guerra en Praga

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Museo industrial en Zhang Zhidong

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Proyecto para el museo de la humanidad en Ngaren

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Vista aerea del museo del holocausto en Berlin

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Museo de la Guerra en Manchester

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Proyecto de reconstruccion de la zona cero de Nueva York

Proyecto de reconstruccion de la zona cero de Nueva York

Cuando Daniel Libeskind (Lodz, Polonia, 1946) desembarcó con sus padres en el puerto de Nueva York, poco podía imaginar que junto a la Estatua de la Libertad levantaría algún día uno de los edificios más emblemáticos del mundo. Corría el año 1959. Tenía 13 años. Y no hablaba ni una palabra de inglés. Pero para su familia judía, Nueva York era la puerta de América. Ganar el concurso para sustituir las Torres Gemelas de Nueva York cambió la vida de este arquitecto polaco que comenzó a construir con más de cincuenta años. Con un nuevo barrio en Corea del Sur y rascacielos en Varsovia, Milán o Singapur, hoy Libeskind construye por todo el mundo.

¿América era la tierra prometida? Era un lugar esperanzador.

Mis padres sobrevivieron al Holocausto. Vivieron en un campo de concentración, en Siberia, donde nació mi hermana. Luego mi madre regresó a Polonia para que yo naciera allí. Cuando llegó a Lodz ya no quedaba nadie. Toda nuestra familia había muerto.

¿No tuvo infancia?

Tuve el ejemplo de mis padres. El dolor me ha hecho fuerte. Sé que las opresiones tienen en común el miedo a la diferencia. Es lo distinto lo que da miedo a quien no tiene ideas propias.

La persecución mediática a la que fue sometido tras ganar el concurso para levantar el One World Trade Center le parecerá poca cosa al lado de ese pasado.

Durante una década me he sentido observado. Han escrito sobre mis gafas, sobre mis hijos, sobre mis botas, sobre mi acento... La gente relacionaba el nuevo rascacielos con la personalidad del arquitecto. Eso resulta agotador. Se paga un precio muy alto por convertirse en estrella.

Sobre todo cuando usted lo hizo, en un momento en el que se cuestionaba a los arquitectos estrella.

Creo que la falta de expresión es más dañina para la arquitectura que el exceso de expresión. La arquitectura espectáculo ha generado interés en el público. Las modas hacen daño a quien las sigue, no a quien las crea. La falta de ideas es más perjudicial que el exceso de imaginación.

Sin embargo, ese exceso de imaginación lo convirtió a usted en un arquitecto tardío: levantó su primer edificio con 52 años.

El Museo Judío de Berlín fue una gran oportunidad. Yo creo que la arquitectura es lo que pude hacer con ese edificio: arriesgar, aportar, cambiar. Y eso no es fácil. Si tienes suerte, y tienes algo que decir, puede llegar tu momento. Yo me he pasado muchos años intentando cambiar las cosas. No esperando a que cambiaran. Ahora tengo oportunidades. En Seúl he levantando una pequeña ciudad, un barrio de rascacielos que quieren combinar densidad y cultura.

¿Cree que ser un arquitecto deconstructivista retrasó su vida profesional?

He sabido desde pequeño que la vida hay que conquistarla a diario. Por eso no he tratado nunca de destrozar lo antiguo para construir lo nuevo. Pero sí trato de ofrecer otras maneras de hacer las cosas. El deconstructivismo no quería deshacer la arquitectura, sino la manera de construir sin cuestionar lo que se hacía.

¿Fueron sus padres los que le inculcaron el esfuerzo?

Crecí con la idea de que uno debe superarse a sí mismo y valorarlo todo: de lo pequeño a lo grande. Pero, ¿por qué lo pregunta?

Porque consiguió estudiar arquitectura gracias a que era un virtuoso del piano.

Bueno, de un piano pequeño: el acordeón. El piano era lo que a mí me hubiera gustado tocar. Pero estábamos en Polonia, antes de irnos a vivir a Israel, y mis padres tenían miedo. Supongo que no sabían cuánto tiempo nos íbamos a quedar allí, por eso mi padre me dijo que podía aprender a tocar el piano, pero uno que cupiese en una maleta. Así empecé con el acordeón. Creo que en la vida puedes hacer y aprender cualquier cosa que te propongas en cinco años. En ese plazo todo es posible. En menos tiempo yo aprendí a tocar el acordeón.

Se convirtió en un virtuoso y, gracias a eso, pudo estudiar arquitectura. Así fue.

Mi padre nos enseñó a aprovechar las oportunidades. Y a valorar los zapatos que teníamos, que nos hacía limpiar a diario. Uno tiene que mantener los ojos abiertos porque de lo contrario no se dará cuenta de cuando llega lo inesperado. Lo inesperado es lo mejor de la vida.

Inesperadamente, usted ganó el concurso para levantar la torre que debía sustituir a las Torres Gemelas.

Aunque buscado fue inesperado, sí. Para todos. Tal vez por eso ha resultado muy difícil. Yo quería recuperar la libertad de ese barrio para poder asimilar la historia. Es justo el barrio donde mi padre trabajaba. Cuando yo era niño iba a verlo a una imprenta que estaba allí. Y vi también cómo se levantaban las torres cuando estudiaba arquitectura en Cooper Union. Mi proyecto para la Freedom Tower (ahora One World Trade Center), buscaba mantener esa esperanza, la de un lugar para crecer y vivir. Por eso se retiraba y dejaba espacio para los vecinos con un gran parque. El gran parque es un homenaje a quienes murieron. Y a la esencia de América: la libertad.

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