Los océanos tienen una intolerancia: el plástico

Naciones Unidas advierte, en el Día Mundial de los Océanos, sobre las consecuencias irreversibles de seguir vertiendo plásticos al mar

Lara Rodríguez Santana

Soup, Mandy Barker.

Soup, Mandy Barker.

Desde hace años las asociaciones medioambientales informan sobre el exceso de producción y consumición de plásticos. Y como ninguna excusa es mala, bienvenido sea el Día Mundial de los Océanos para seguir insistiendo en esa línea, pues hay motivos de alarma: las cifras más conservadoras hablan de casi 9 millones de toneladas vertidas al mar. Esto se traduce no solo en contaminación de la calidad del agua, sino también en la muerte directa de un millón de aves y cien mil mamíferos marinos.

A nivel individual, pero con intención global, está el proyecto de Agua, de Isabel Muñoz. La fotógrafa, preocupada por la contaminación creciente de los océanos, inició en 2016 una serie fotográfica de 30 imágenes con desechos de plásticos de invernadero. Unidos creaban escenas vaporosas, como estampas teatrales con un aire renancentista en las que el protagonista parece querer huir de su prisión de plástico buscando la libertad. Recuerda a las incomodas imágenes de animales presos en los residuos que acaban en el mar, generando un paralelismo desagradable que nos acerca a la realidad.

Agua, Isabel Muñoz.

Las sesiones se hicieron en las costas de Murcia y Girona aprovechando el buen estado en el que se encuentran algunas de nuestras playas. Sin embargo, la propia artista advierte que nos une una fuerte relación simbiótica con el mar que estamos descuidando por completo y ya se notan los primeros síntomas de contaminación, sobre todo en los meses de verano, donde se genera más del 70% de la basura que vertemos durante todo el año en las playas. Desde WWF se ha señalado a España como el segundo país que más plástico vierte al Mediterráneo, solo por detrás de Turquía. Si seguimos a este ritmo se estima que para 2050 habrá 12.000 millones de toneladas de basura plástica. Solo la intervención de las grandes potencias y la concienciación de los usuarios revertirá este problema mundial.

Agua, Isabel Muñoz.


Una de las soluciones a nivel socio-económico que ofrece la UE es la conocida -aunque poco practicada- economía circular. En primer lugar, se busca sustituir los productos de un solo uso por alternativas más eficientes y encarecer o restringir mediante diseño y etiquetado aquellos productos que no puedan utilizar otros materiales. En términos de porcentajes, hablamos de una contaminación del 85% de basura marina que aún no podemos determinar las consecuencias futuras que tendrá en nuestra salud, pero que evidentemente empeorarán nuestra vida y la de los seres vivos que nos rodean.

La desesperanza que trasmite la imagen de una tortuga marina atrapada en una antigua red de pesca recuerda al trabajo de la artista Isabel Muñoz.

Otra artista que ha querido contribuir en la visibilización de esta problemática es Mandy Barker. La artista enfrenta frontalmente los desechos de plásticos que ha encontrado en el mar y en los estómagos de aves marinas. Un desagradable retrato que horririza por su crudeza y enamora por su mensaje. Hay una disposición que brilla por su armonía, pero solo como vehículo para transmitir la desproporcionada cantidad de basura que generamos.

El trabajo de Barker es doblemente valioso. En primer lugar consciencia sobre las dimensiones de un problema que ahora mismo solo muestra síntomas de empeorar. Y en segundo lugar nos regala algo que, objetivamente, es invaluable: la inspiración. Esa pequeña chispa es la que muchos necesitan para concebir los desechos desde un prisma mucho más amplio que va desde el propio arte hasta el diseño.

Soup, Mandy Baker.

Los estudios económicos hace años que avisan del actual declive de nuestro sistema económico y pronostican un crecimiento de las microeconómicas y economías sostenibles. En ese punto será decisivo nuestra participación en el reciclaje, consumo y producción. Aún está por explotar el mercado de las impresoras 3D, pero ya se perfilan como un complemento imprescindible de los futuros modelos económicos en los que no sólo podremos producir, sino reciclar nosotros mismos. Desde la universidad Tecnológica de Michigan se ha demostrado que producir nuestros propios filamentos de pláticas para impresión 3D a partir de botellas desechadas emplea menos energía que reciclar de forma convencional esas botellas. Reciclando nuestros propios materiales tendremos total libertad para crear, siempre a nivel domestico, mobiliario, ropa y material medico. Evidentemente esta revolución debe venir ligada a un cambio de nuestra mentalidad de consumo; no se trata de producir más, sino de crear menos con más.

Ekocycle Cube utiliza cartuchos con un 25% de PETreciclado, equivalente a tres botellas de medio litro. Tiene la capacidad de imprimir objetos con un tamaño de hasta 15 centímetros y una resolución de 70 micrones.

A nivel industrial ya podemos encontrar también importantes avances, como la reciente iniciativa del Instituto Tecnológico de Plásticos, que tiene como objetivo capturar gases de efecto invernadero con materiales impresos en 3D. La mala calidad del aire en las ciudades y polígonos industrializados repercute directamente en el estado del agua y países como China y Tailandia ya han dado la voz de alerta sobre los efectos irreversibles que han producido sus propias industrias, pero desgraciadamente, como ocurre a nivel individual, aún no sé ha hecho el cambio de paradigma ya que sigue siendo más barato abonar las multas estatales que ejecutar programas de sostenibilidad.

Con un escenario tan traslúcido es difícil augurar un futuro prometedor, pero el cambio comienza a notarse. Desde las organizaciones y entidades publicas se están poniendo en marcha, quizás demasiado tarde, medidas que penalizan a las grandes superficies que no tienen programas sostenibles y se está educando al ciudadano en materia de reciclaje. Esperemos que el valor de este ultimo sobreviva a los intereses económicos de la industria y trabajos como los de Isabel Muñoz y Mandy Barker sean un recordatorio agridulce de nuestra evolución.

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