¿Cuánto vive un objeto?

Diseñadores y fabricantes apuestan cada vez más por el Análisis del Ciclo de Vida de los productos para reducir su huella ambiental

José F. López-Aguilar

El ACV se ha convertido en el medio más utilizado por las firmas para evaluar el impacto ambiental de sus productos y diferenciarse de la competencia

El ACV se ha convertido en el medio más utilizado por las firmas para evaluar el impacto ambiental de sus productos y diferenciarse de la competencia

Foto: Salva López / Andreu World

Cada día somos más conscientes del tremendo deterioro natural que provoca nuestro modelo de consumo. Para evitarlo es imprescindible entender en profundidad cómo se comportan nuestros productos con el planeta. Determinar con exactitud ese impacto ambiental es muy difícil por lo compleja que es la naturaleza y la cantidad de parámetros que se interrelacionan, pero la ciencia avanza y propone modelos cada vez más accesibles.

El que mejores resultados está dando es el que se conoce como ACV o análisis de ciclo de vida. Consiste en un balance entre las entradas de materia, energía y agua, y de salidas de emisiones y residuos que se producen en el proceso de creación, producción y utilización de cualquier objeto y lo que eso repercute sobre el medio ambiente. El conjunto de la información se interpreta en categorías de impacto.

Por ciclo de vida entendemos todo lo que hace falta para que disfrutemos de un objeto y lo que ocurre cuando ya no lo necesitamos y nos deshacemos de él. Los analistas ya no hablan de productos, sino de sistemas-producto, ampliando su visión en un modelo que han bautizado como “de la cuna a la tumba”. La idea consiste en crear un relato preciso de todo el ciclo vital del producto, desde que nace hasta que muere. Y, siguiendo con el paralelismo humano, lo ideal sería aspirar a la reencarnación, que no es sino la versión más espiritual del reciclaje.

Cocina Emetrica, de Ernestomeda, firma que tiene implantado un sistema de gestión ambiental de acuerdo con la norma UNE-EN ISO 14001

Cocina Emetrica, de Ernestomeda, firma que tiene implantado un sistema de gestión ambiental de acuerdo con la norma UNE-EN ISO 14001

Hay diferentes impactos que pueden calcularse gracias al ACV y que se clasifican según las sustancias emitidas. El CO2 determina el calentamiento global, que es el incremento de las temperaturas a causa el efecto invernadero. Los gases CFC se relacionan con la destrucción de la capa de ozono que nos protege de los rayos dañinos del sol. Los SO2 causan la acidificación, que como su nombre indica, vuelve ácida la lluvia y daña tanto las hojas de los árboles como los seres humanos. Los PO provocan la eutrofización, que es una sobrenutrificación de ríos y lagos, la cual favorece el crecimiento masivo de algas que acaban agotando el oxígeno y la vida. Los C2H4 miden la llamada oxidación fotoquímica, que es la neblina negra que se posa sobre las ciudades y que afecta a la salud de las personas y de las plantas. Y por último, la toxicidad tanto humana como de los ecosistemas acuáticos y terrestres.

El ACV intenta dar respuesta a las dudas que genera la idea de ecodiseño. El fabricante Herman Miller lo aplica en sus productos, como la colección Plex, diseño de Industrial Facility

El ACV intenta dar respuesta a las dudas que genera la idea de ecodiseño. El fabricante Herman Miller lo aplica en sus productos, como la colección Plex, diseño de Industrial Facility

Gracias a numerosos estudios, se ha comprobado que hasta el 80% del impacto ambiental puede determinarse en la etapa de diseño. Por tanto, garantizar el mejor y más sostenible de los productos probablemente venga de un maridaje perfecto entre ambientólogos y diseñadores que lleve a seleccionar en cada momento el material ideal, el acabado adecuado y el montaje óptimo. Y sobre todo que dé respuesta a toda la confusión y desinformación generada alrededor de la idea de ecodiseño: ¿Hacer un producto reciclable es más ecológico? ¿Los materiales naturales son más sostenibles? ¿Reducir el embalaje disminuye el impacto? Estas y otras preguntas encuentran su respuesta en los ACV, de la manera más objetiva y científica que se conoce. Y en ocasiones son tan sorprendentes que ayudan a cambiar ciertas ideas preconcebidas y nos reorientan hacia un desarrollo realmente más sostenible y efectivo.

El impacto ambiental puede ser positivo, negativo o neutro. Un ejemplo es la extracción de materiales pétreos o áridos, que generan inmensos y devastados agujeros en la piedra provocando erosión y la pérdida de toda forma de vida. En cambio, una vez acabada la fase extractiva, si se hace una gestión responsable, se puede fomentar la inundación con agua de lluvia de los huecos creados, lo que dará lugar, de forma casi natural, a la creación de un humedal. Así se pasará de un desolado desierto inicial a un ecosistema más rico en biodiversidad.

La extracción de productos pétreos genera un evidente impacto ambiental en el territorio que puede revertirse con una gestión responsable. Cantera de Levantina

La extracción de productos pétreos genera un evidente impacto ambiental en el territorio que puede revertirse con una gestión responsable. Cantera de Levantina

En la actualidad, el ACV ha dejado de ser una herramienta exótica para convertirse en el medio más utilizado por las grandes multinacionales y las pequeñas empresas para medir el impacto medioambiental de sus productos. Si se consiguiera establecer con el tiempo de forma rigurosa entre todos los fabricantes, y con un apoyo importante en legislación, podríamos estar hablando de que, al fin, se arraigaría un sistema productivo mucho más sostenible. De esa forma, solo faltaría que los consumidores apoyaran de forma masiva a las marcas que muestren esa mayor responsabilidad y transparencia. Así que en el ACV puede estar el origen del mejor de los escenarios imaginables. Y nosotros, como consumidores, tenemos una parte de la responsabilidad en su éxito.

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