De buena madera

Aunque la deforestación continúa siendo una amenaza, las medidas de protección y la gestión responsable hacen de la madera un material cada vez más ecológico

José F. López-Aguilar

Sillas Duos, diseño de Jasper Morrison para Andreu World

Sillas Duos, diseño de Jasper Morrison para Andreu World

La madera es ese material producido por las fábricas más eficientes que se conocen: los árboles. Se alimentan de agua y algunos compuestos sencillos del suelo y sus “chimeneas” vierten oxígeno al aire. Sus “motores”, las hojas, absorben CO2, por lo que mitigan las emisiones de efecto invernadero de las otras fábricas, las humanas. La madera actúa por tanto como un almacén de carbono durante toda la vida útil del producto, por lo que en este caso más que nunca una larga vida útil es sinónimo de sostenibilidad por partida doble. Las características físicas y mecánicas de la madera la convierten en el mejor material para una gran cantidad de usos como construcción, carpintería, fabricación de muebles, aislamiento, etcétera.

Desde la Prehistoria, la relación del ser humano con su entorno ha definido el grado de prosperidad de las sociedades. La sostenibilidad en la explotación de los recursos, especialmente el bosque, ha determinado el auge y caída de la práctica totalidad de civilizaciones históricas, como los mayas. La sostenibilidad lleva siglos inventada y más cuando hablamos de bosques. A pesar de los desastres causados por la avaricia o la insensatez, sobre todo después de la Revolución Industrial, siempre ha habido gente consciente de que con el bosque, lo mejor es llevarse bien. Como en muchas zonas del área mediterránea, donde en el siglo XIX pensadores, naturalistas e ingenieros diseñaron la manera de prever inundaciones a partir de la generación de masas forestales que favorecieran la retención de humedad y de terreno, a la vez que propiciaran bienes para su aprovechamiento económico directo. En clave moderna, el modelo de explotación de las sociedades madereras nórdicas ha sido una fuente de inspiración para el establecimiento de modelos de silvicultura sostenible y los consecuentes sistemas de gestión, certificación y cadena de custodia.

La teca con la que se fabrica la colección Dansk, diseño de Povl Eskildsen, procede de explotaciones sostenibles

La tala ilegal es un problema de primera magnitud no solo por la pérdida irreversible de los recursos de los bosques, sino también por sus efectos sociales: en el mundo hay más de 400 millones de personas que dependen de los bosques de manera directa para su subsistencia. Algunas estimaciones sugieren que el comercio de madera ilegal supone más de la décima parte del comercio mundial de madera, valorado en unos 150.000 millones de dólares al año.

Por fortuna, entre fabricantes, arquitectos y diseñadores se está consolidando la idea de que la madera no certificada puede proceder de la tala ilegal y su uso cada vez está más restringido. Según los expertos, el sello FSC (Forest Stewardship Council, consejo de administración forestal) es el que ofrece mayores garantías. Gonzalo Anguita, director ejecutivo de FSC en España, señala los principios y criterios internacionales en los que se basa la certificación de la gestión forestal. Estos implican que no hay deforestación ni conversión a otros usos; el mantenimiento de la biodiversidad y de los procesos ecológicos; la protección de los derechos de los trabajadores, comunidades y grupos indígenas, y la viabilidad económica de la gestión forestal. Estos requisitos deben ser cumplidos por los propietarios, los gestores y las industrias forestales para poder obtener el certificado de gestión forestal.

La fachada del restaurante Onda en Oslo, de Alliance Arkitekter y MAPT, es de madera de kebony, una especie exótica poco conocida pero de coste asequible

El sector de la construcción es el principal consumidor de madera certificada y se estima un crecimiento del 70% en su uso de aquí a 2020. Para orientar tanto a constructores y fabricantes como a usuarios en general, Greenpeace ha publicado una guía en la que se remarcan las diferencias de impacto ambiental dependiendo del tipo de especie y de su origen. Las maderas más recomendables son haya, roble, nogal, castaño, pino silvestre y pino laricio, siempre y cuando estén certificadas FSC y se eviten las importaciones de países que no persiguen la tala ilegal, en su mayoría ex soviéticos. Luego existe otro grupo muy habitual, pero con elevados riesgos ecológicos, como abeto, alerce, eucalipto, pino radiata o cedro rojo. Estas maderas proceden de monocultivos intensivos que eliminan la biodiversidad de los ecosistemas y son muy agresivos con el suelo.

La madera tropical es la más eficaz para aplicaciones arquitectónicas por su mayor densidad, dureza y resistencia a xilófagos. En cambio, la sobreexplotación resulta también más peligrosa, por la amenaza a la rica biodiversidad de los ecosistemas. Arquitectos y diseñadores tienen en su mano un sencillo gesto para evitarlo: apostar por especies desconocidas o poco comunes. Los bosques tropicales contienen una grandísima variedad de especies maderables con excelente comportamiento, aunque tan solo llegan a utilizarse unas pocas. Para ayudar en este propósito, FSC Dinamarca ha creado una página web y una base de datos (www.lesserknowntimberspecies.com) donde se clasifican las grandes desconocidas del mercado.

Pavimento de exterior Wood-Deck, de Gavarró

La gestión forestal tiene un enfoque sostenible más allá del ecológico. Al generar nuevos modelos de empresa y el asentamiento en zonas rurales, repoblando áreas en declive demográfico, se genera un efecto social positivo. Un impulso de amplio rango ya que se requiere de la incorporación del conocimiento técnico para la mejora de la eficiencia de los procesos y la eficacia de los materiales y sus aplicaciones. En España, el aprovechamiento de la resina de los bosques de pino había sido tradicionalmente un medio de sustento para la población rural hasta que con la conversión hacia los derivados petroquímicos fue abandonándose. El crecimiento en la demanda de alternativas ecológicas está devolviendo los resineros a nuestros bosques hasta llegar a multiplicar por ocho la producción de resina de pino en los últimos años.

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