Souto de Moura le devuelve la vida a una finca portuguesa

El nuevo hotel São Lourenço do Barrocal mantiene intacta la arquitectura tradicional de las diversas edificaciones agrícolas

Txema Ybarra / Fotos: Nelson Garrido

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Hotel São Lourenço do Barrocal

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Durante 200 años la finca de São Lourenço do Barrocal ha pertenecido a la misma familia, 780 hectáreas dedicadas a la explotación de alcornoques, olivos y vides. Su actual propietario, José Antonio Uva, en octava generación y profesional de las finanzas, decidió que ya era hora de darle un nuevo aire y ha transformado el cortijo en un lujoso hotel de cinco estrellas. Su rehabilitación se la encargó a uno de los grandes arquitectos portugueses, Eduardo Souto de Moura, premio Pritzker 2011, quien ha hecho lo mínimo: acondicionar todas las estancias para ofrecer el máximo confort aprovechando las virtudes de la arquitectura tradicional. En las siete edificaciones, levantadas en torno a un gran patio, las paredes siguen pintadas de blanco, el suelo es de barro cocido y los techos abovedados se muestran tal como son. La mejor manera de preservar un legado patrimonial de este tipo, aconseja el arquitecto, es viviéndolo.

Situado a poca distancia de la villa amurallada de Monsaraz, en la frontera con España, el hotel ha devuelto la vida a la escuela, la capilla y la plaza de toros. Un universo en sí mismo, relata Souto de Moura, fascinado por encontrarse todo aquello en buen estado de conservación. El complejo agrícola ofrece hoy 22 habitaciones, 2 suites y 16 cabañas independientes, con terraza privada mirando al castillo de la mencionada localidad. Donde antes estaban las pocilgas, los clientes disfrutan de sábanas de algodón egipcio, mantas de lino y calefacción por suelo radiante, lo cual garantiza una confortable estancia en invierno. Cuando el sol aprieta, el refugio ideal es la piscina en la que se interna una enorme roca de granito.

Otro gran aliciente São Lourenço do Barrocal es el poder experimentar la vida en el campo y para tal fin cuenta con bodega, una huerta que suministra la carta del restaurante –un antiguo granero– y una tienda con artesanía portuguesa y exquisiteces regionales. El bar se sitúa en la vieja almazara. También dispone de cuadra y caballos para salir de excursión por la rivera del gran pantano de Alqueva, con opción de hacer la ruta en bici y con picnic a mitad de recorrido. De regreso, los huéspedes se pueden relajar en el spa, con productos de la marca austriaca Susanne Kaufmann y hot tub de madera que simula un fudre de vino. Para un futuro no se sabe si cercano, John Pawson ha ideado un conjunto de viviendas en torno a una de las grandes moles graníticas propias de la zona.

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