La gran transformación del hotel Domine

La reforma total a cargo del estudio Foraster Arquitectos adapta el hotel a los nuevos tiempos manteniendo las señas de identidad que le dio Javier Mariscal

Silvia Sanz

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Con el despertar turístico de Bilbao, la ciudad necesitaba buenos hoteles para recibir al público cosmopolita que venía a visitar el Guggenheim. El Gran Hotel Domine fue una respuesta muy acertada, no solo por ofrecer desde su terraza las mejores vistas al museo, del que apenas le separan unos metros, sino también porque se vistió para la ocasión. El diseñador Javier Mariscal y Fernando Salas le supieron dar su divertido toque al flamante establecimiento. La torre de piedras del vestíbulo, el originalísimo Splash&Crash Bar y sus coloridos muebles cosecharon las mejores críticas en todo el mundo.

Después de de más de 15 años, el hotel quiere conservar su estatus de establecimiento emblemático en Bilbao y por eso se ha abordado un proceso total de reforma que ha quedado en manos del estudio, con base en Bilbao, Foraster Arquitectos. Ha sido todo un reto. Primero técnico, porque no se cerraron sus puertas mientras se llevaban a cabo las obras. Y segundo porque se ha procurado que la intervención sea lo más sensata posible, respetando las señas de identidad que le dio Mariscal. Lo más difícil en un hotel es que tenga personalidad propia para que no se convierta en un “no lugar”.

La puesta al día del hotel Domine ha llegado a través de diversas actuaciones, apostando por una paleta tonal neutra que le da una atmósfera elegante y atemporal y, a su vez, resalta el sello Mariscal a través de elementos particulares: cuadros, muebles, esculturas… Este es el principio de reforma de las 145 habitaciones, ahora tapizadas con textiles de Güell Lamadrid y moqueta de Bentzon Carpets. Respetando su diseño original, los característicos paneles donde se combinan diferentes maderas se han restaurado por completo.

El antiguo Splash&Crash Bar se ha adaptado a las necesidades del viajero actual, siendo la versatilidad el eje del proyecto, pues este nuevo espacio, rebautizado como el bar Sixty One –el número que ocupa el hotel en la Alameda de Mazarredo–, sirve para diversas necesidades o estados de ánimos, como pasar un momento a solas trabajando o reunirse con amigos. Siguiendo las nuevas tendencias del diseño, el acero inoxidable convive con el cuero y los tonos pasteles de las tapicerías con los metales. Las paredes se cubren con empapelados y entelados, y en el techo se sigue un dibujo geométrico inspirado en la obra de Mondrian. Un eje longitudinal distribuye los diferentes espacios y guía el camino entre el juego de columnas hasta la barra, quedando en medio una mesa de mármol de 4,20 m de largo, diseño de Foraster Arquitectos. Clásica, robusta, liviana, moderna. Todo a un mismo tiempo.

El fastuoso ciprés de piedras de la entrada ha ganado aún mayor presencia al instalar justo debajo un estanque de agua que refleja su imponente silueta. La cascada ha prolongado su camino hasta la entrada posterior del hotel mediante canales que desembocan en otro estanque con un olivo en el centro que da la bienvenida a los clientes. Además, al vestíbulo se ha añadido la hipnótica instalación cinética, compuesta por manecillas del reloj, A million Times, del estudio sueco Humans since 1982. La nueva recepción, diseño de Foraster Arquitectos, combina diferentes acabados de granito para dar una continuidad de materiales a todo el conjunto.

En la cafetería Le Café la inspiración del estudio vuelve a ser la abstracción geométrica propia del movimiento De Stijl, con Mondrian a la cabeza. Los paneles acústicos del techo se cruzan con líneas de luz formándose un damero de blancos, negros y grises. En el restaurante gastronómico Beltz (negro, en euskera) piedra y madera en tonos oscuros se entretejen sensualmente, mientras que el blanco de mantelería y vajilla, así como el terciopelo verde de las butacas, brillan con luz propia entre la penumbra.

El nuevo espacio del spa es un cubo de madera de roble al natural y suelo de piedra granito con reminiscencias japonesas, donde se hace un guiño al arquitecto del Guggenheim, Frank Gehry, dejando que los clientes se relajen en la silla Cross Check, editada por Knoll. Como en un baño árabe, un lavabo escultural de Durian invita a hacer las correspondientes abluciones al entrar. Asimismo se ha habilitado un nuevo gimnasio. Dotado con aparatos de Tecnogym, sus suelos son de madera y las paredes, de tonos piedra. Los grandes ventanales miran al Guggenheim.

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