Señales del tiempo

Casa de vacaciones en el Algarve (Portugal), de Pedro Domingos

Fotos: Pere Peris

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La silueta apaisada parece serpentear entre grandes encinas. La silueta apaisada de la casa parece serpentear entre encinas

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La silueta apaisada de la casa parece serpentear entre encinas

Uno de los patios, cerrado por tres de sus lados, se comunica directamente con el comedor

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Uno de los patios, cerrado por tres de sus lados, se comunica directamente con el comedor

El edificio es la suma de una construcción antigua y una sucesión de volúmenes nuevos

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El edificio es la suma de una construcción antigua y una sucesión de volúmenes nuevos

La plataforma de hormigón que rodea la piscina se prolonga en una terraza-solárium

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La plataforma de hormigón que rodea la piscina se prolonga en una terraza-solárium

Las puertas correderas de color óxido pautan vacíos y llenos en los volúmenes

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Las puertas correderas de color óxido pautan vacíos y llenos en los volúmenes

Butacas Slow, de los Bouroullec para Vitra. Los cojines son de la misma firma

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Butacas Slow, de los Bouroullec para Vitra. Los cojines son de la misma firma

Las escaleras exteriores vinculan los patios con las terrazas superiores

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Las escaleras exteriores vinculan los patios con las terrazas superiores

Taburete de madera y mesita auxiliar con sobre negro, diseño de los Eames editado por Vitra. Puf Fjord, de Patricia Urquiola para Moroso

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Taburete de madera y mesita auxiliar con sobre negro, diseño de los Eames editado por Vitra. Puf Fjord, de Patricia Urquiola para Moroso

Sillón Grand Repos, de A. Citterio para Vitra. Alfombra Flowers, de P. Urquiola para Gan. Bufete, de Area Lisbon. Lámpara 24 Karat Blau, de I. Maurer. Reloj Diamond Clock, de G. Nelson para Vitra. Sillón Grand Repos, de Antonio Citterio para Vitra. Alfombra Flowers, de Patricia Urquiola para Gan. Bufete, de Area Lisbon. Lámpara 24 Karat Blau, de Ingo Maurer. Reloj Diamond Clock, de George Nelson para Vitra

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Sillón Grand Repos, de Antonio Citterio para Vitra. Alfombra Flowers, de Patricia Urquiola para Gan. Bufete, de Area Lisbon. Lámpara 24 Karat Blau, de Ingo Maurer. Reloj Diamond Clock, de George Nelson para Vitra

Silla Plastic, de los Eames, editada por Vitra. Armario y taburete adquiridos en un mercadillo. Póster Wooden Dolls, de Alexander Girard, editado por Vitra. Silla Plastic, de los Eames, fabricada por Vitra. Armario y taburete adquiridos en un mercadillo. Póster Wooden Dolls, con un dibujo de Alexander Girard que edita Vitra

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Silla Plastic, de los Eames, fabricada por Vitra. Armario y taburete adquiridos en un mercadillo. Póster Wooden Dolls, con un dibujo de Alexander Girard que edita Vitra

Lámpara de techo PH Artichoke, de Poul Henningsen para Louis Poulsen. Sillas Plastic Side Chair, de los Eames, editadas por Vitra

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Lámpara de techo PH Artichoke, de Poul Henningsen para Louis Poulsen. Sillas Plastic Side Chair, de los Eames, editadas por Vitra

Grifería, de Grohe. Reloj de pared Spindle Clock, de G. Nelson para Vitra. Grifería, de Grohe. Reloj de pared Spindle Clock, de George Nelson para Vitra

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Grifería, de Grohe. Reloj de pared Spindle Clock, de George Nelson para Vitra

Cama, de Ikea. Mesilla de roble realizada a medida por un carpintero local. Lámpara Gatto, de los Castiglioni para Flos. Taburete de la colección Cork Family, de Jasper Morrison para Vitra

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Cama, de Ikea. Mesilla de roble realizada a medida por un carpintero local. Lámpara Gatto, de los Castiglioni para Flos. Taburete de la colección Cork Family, de Jasper Morrison para Vitra

Taburete Butterfly, de Sori Yanagi para Vitra. Grifería, de Vola. Jarrón de la firma Rosenthal

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Taburete Butterfly, de Sori Yanagi para Vitra. Grifería, de Vola. Jarrón de la firma Rosenthal

Si no nos lo hubieran contado mientras nos acercábamos en coche a esta casa, en el Algarve portugués, no nos habríamos dado cuenta, atravesando el jardín, de que el edificio es la suma de una construcción original y otra nueva. Una reconstitución que ha acoplado componentes de épocas distintas a través de una serie de “células” de forma rectangular.

Su autor, el arquitecto Pedro Domingos, explica que la primera idea, al iniciar el proyecto, se basó en clarificar y acotar el espacio central de la parcela, delimitando un vacío situado entre la ruinosa construcción original y la especie de seto que dibujan los árboles más elevados. La casa antigua constaba de tres espacios interconectados donde se alojaban las habitaciones, con sus respectivos cuartos de baño. El ala norte de esta construcción está asentada sobre el terreno y articulada con la topografía a través de dos patios de tamaño similar: uno es la prolongación hacia el norte de la cocina y el otro extiende hacia el sur la superficie del salón.

El acceso a la casa es una zona de transición entre las dos alas de la vivienda. Una piscina de formas puras emerge del terreno, sobre una línea en diagonal respecto de la fachada. Esa diagonal –por su desviación– vuelve de pronto evidente el principio que ha generado el proyecto: la serie de células rectangulares engarzadas. A las correspondientes a la construcción original (articulada ya en la topografía) se suman las de nueva factura, con sus patios y sus corredores acristalados.

Las puertas correderas color óxido van pautando, en las entradas y salidas de los volúmenes, el movimiento de líneas rectas que se quiebran y vuelven a quebrarse, estableciendo el engarce “invisible” entre la parte original y la nueva. Las escaleras exteriores vinculan los patios con las terrazas elevadas, abiertas a la magnificencia del entorno y al baño franco del sol.

No hay que olvidar las inmensas encinas que se apoderan del espacio ya que duplican la altura de la fachada y crean su propia zona de sombra. También los interiores y los patios construyen sus propias representaciones decorativas. En un patio vemos muebles de madera de roble hechos por un carpintero local. Cojines de colores que resaltan contra el estuco blanco de las paredes. En el comedor, una mesa de roble, otra de las piezas salida de las manos de un artesano del lugar. Las jarras, el candelabro, las lámparas de pie y de techo, las sillas y demás elementos han creado un comedor de aire alegre, atravesado por las luces del patio y los aromas vegetales.

Sobre la hierba, en el jardín, observamos la casa mientras anochece, como si una foto en color fuera virando al blanco y negro. En ese momento –lo llaman “la hora violeta”–, en que solo queda un poco de luz y nos parece que vivimos en dos mundos a la vez, se fija una imagen de la casa que conservamos en la memoria. A un lado, la gran encina. Detrás, una franja blanca perfectamente homogénea y a la vez compuesta, quebrada, dividida en dos partes: una abierta (patio) y una interior (el salón con la chimenea), descubiertas y techadas. Y la puerta corredera rectangular, que divide en dos la abertura acristalada, que, a su vez, divide en dos ese tramo de la fachada. Mientras cae la noche, el rojo óxido de las puertas correderas se apaga y se encienden las luces del interior, fuego de hogar incluido.

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