La tradición en Ibiza se hace moderna

Casa en Ibiza, de Roberto Ercilla

José Sánchez / Fotos: Xabier Durán

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019-nocturna-exterior copia. Sombras y sosiego

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Sombras y sosiego

 Las aberturas rasgadas y los huecos profundos perforan los muros blancos, modulando los volúmenes cúbicos.

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Arte combinatorio

 En el salón, la estantería de madera se dibuja en la pared como una maqueta de la propia casa, aludiendo a la manera en que la construcción se dispone, en módulos, sobre el terreno. 

Can Joan I Rebeca 269 copia. Lienzos blancos

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Lienzos blancos

 Los muros ciegos, blancos y cortantes, parecen dibujados contra el cielo, en pleno campo.

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Geometría en el tejado

 Las cubiertas son miradores para la contemplación del paisaje y, a la vez, subrayan –con su geometría, sus desniveles y su suelo liso– la combinatoria entre los volúmenes. 

Can Joan I Rebeca 181 copia. Cruce de miradas

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Cruce de miradas

 A partir de la casa popular ibicenca, que se construía espontánea y progresivamente por adición de piezas, Roberto Ercilla ha profundizado el modelo tradicional, enlazando volúmenes, patios y porches con vistas cruzadas.

Can Joan I Rebeca 164 copia. Lenguaje vernáculo

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Lenguaje vernáculo

 Los volúmenes se articulan a través de giros, creando espacios de tránsito que contribuyen a integrar la casa en el paisaje ibicenco. 

Can Joan I Rebeca 178 copia. Belleza imperfecta

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Belleza imperfecta

 La disposición aparentemente irregular de los diversos cuerpos ofrece una imagen de gran plasticidad.

La casa ibicenca está dotada de una lógica compositiva arcaica, que ha seducido a los arquitectos y artistas (pintores, escultores, fotógrafos, cineastas…) de la modernidad. Casas blancas, cúbicas, simples, construidas en el pasado de manera “espontánea” y artesanal: fruto de uno de aquellos saberes que una generación le trasmitía a la siguiente. Y luego, por fortuna, la arquitectura contemporánea ha sabido adjudicar categoría de modelo a esa tipología popular, profundizando en ella, descifrando su espíritu y su clave constructiva.

Así ha procedido en este proyecto el arquitecto Roberto Ercilla después de reflexionar sobre cómo intervenir en el paisaje de Ibiza, a la vez sobrio y sensual. Lo ha resuelto, justamente, a partir de ese modelo tradicional, construido por adición de piezas: volúmenes cúbicos, en blanco cal, articulados de manera irregular y plástica, con giros, con espacios intermedios, con porches que integran el arbolado original y crean una relación entre el exterior y el interior a través de una adaptación orgánica de la casa en el solar.

El juego de huecos y amplios tramos ciegos en los muros compone figuras de extraordinaria eficacia, entre los propios volúmenes y en relación dinámica con los porches y espacios de tránsito, generando múltiples vistas cruzadas. Situada ante el paisaje, desde la casa puede verse, hacia el sur, la ciudad de Ibiza y, hacia el norte, la montaña arbolada y el campo. Perfeccionan el proyecto, sin duda, esas cubiertas que se proyectan, como miradores rectangulares, alargándose hacia la montaña. Y desde allí, al mismo tiempo que la mirada busca volar hacia las cumbres, también se complace en fijarse en cómo se combinan las distintas cubiertas: los tejados lisos, nítidos, enlazados, de los módulos.

En lo alto, cerca del cielo tormentoso, los rectángulos de rojo terracota se estiran hacia el verde vegetal. Abajo, los cubos blancos se asientan sobre terrenos ocres, entre olivos y encinas.

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