Un balcón sobre el Cantábrico

En pleno acantilado se encuentra esta casa diseñada por el estudio Foraster Arquitectos en un ejercicio de volúmenes y respeto por el terreno

Ana Basualdo / Fotos: J. Rodríguez

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Para dotar de privacidad a la casa y preservar las vistas del mar, los arquitectos forzaron el emplazamiento de la vivienda al borde del acantilado, situando el acceso en la parte posterior.

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El comedor exterior está equipado con la mesa modelo Anne Laag realizada en madera de roble. Las sillas que acompañan al conjunto son de Niek, diseño del arquitecto holandés Piet Boom.

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Desde la casa, el paisaje marítimo ofrece dos perspectivas visuales, una al oeste y otra al noroeste, tangente al acantilado. En la terraza, hamacas, modelo Club, diseño de Andrés Bluth para Bivaq.

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Sofá Wall de P. Lissoni para Living Divani. Mesa de centro Toos, diseño de P. Boon.

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Mesa Isaac, diseño de Philippe Allaeys para e15. Sobre ella, la lámpara suspendida, modelo Marzais, de la firma Dune.

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El trabajo de interiorismo compone una imagen unitaria y coherente de la casa a través de la repetición de determinados elementos y con un mobiliario preciso y sobrio.

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Butacas Barcelona de Mies van der Rohe, editadas por Knoll. Mesilla Gong de G. Cappellini.

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Espejo, de Viccarbe. Alfombra, de Artelan. Todo procede de Itziar Echebarria.

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En el dormitorio se ha creado un rincón de lectura con la chaise-longue Sliding, diseño de Bruno Fattorini para MDF.

En este proyecto del estudio Foraster Arquitectos –integrado, entre otros, por Cristina Ybarra y José Ramón Foraster–, la primera premisa fue la correcta inserción de la vivienda en el lugar. La parcela, ubicada en un acantilado junto a un mirador y con acceso a la playa, obligaba a un esfuerzo para dotar de privacidad a la casa y mantener el interés de los propietarios por las vistas que la localización ofrece sobre el mar Cantábrico. Por eso, los arquitectos forzaron al máximo el emplazamiento de la edificación al borde del acantilado, situando el acceso en la parte posterior y los jardines al costado.

Se ha intentado conjugar el respeto a la geografía del terreno con las dos visuales principales que tiene desde allí el mar, una al oeste y otra al noroeste, tangente al acantilado. La construcción resultante es un juego de dos prismas maclados y pétreos. Los huecos acristalados van horadando esos prismas según las necesidades, creando dos fachadas: una, amplia, abierta al mar y a las vistas y otra, más opaca, que protege del exterior. El esquema organizativo se distribuye en tres plantas, adjudicando la planta baja a las estancias de la zona de día; la planta primera, a las nocturnas, y un sótano destinado a servicios, instalaciones y garaje.

El sistema de comunicación entre los espacios atraviesa de forma transversal el prisma, uniendo las tres plantas. El área de día se ha planteado como un espacio diáfano interconectado y desprovisto de cierres permanentes, de modo que la cocina, el salón-comedor y el exterior constituyan, en las ocasiones deseadas, un continuo funcional que puede ser disfrutado a la vez.

Situado en la zona central, el comedor cuenta con una doble orientación, a través de una terraza frente al mar y otra en el jardín, que da al sur. En ambas plantas se han dispuesto los espacios según un eje de simetría que, en la zona de noche, se acentúa con la cubierta a dos aguas.

La interiorista Patricia Muguruza contribuyó a componer una imagen unitaria y coherente de la casa a través de la repetición de determinados elementos. Con un mobiliario preciso y sobrio, el interiorismo se ha aplicado en toda la casa con la misma carta de colores: blanco, tonalidades de gris, toques de negro y elementos de madera que transmitan sensación de confort y calidez.

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