Otro pájaro de Calatrava que echa a volar

La estación intermodal Oculus de Nueva York funciona ya a pleno rendimiento

Txema Ybarra / Fotos: Hufton+Crow

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WTC Transportation Hub, de Santiago Calatrava

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WTC Transportation Hub, de Santiago Calatrava

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WTC Transportation Hub, de Santiago Calatrava

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WTC Transportation Hub, de Santiago Calatrava

Otro pájaro arquitectónico, una nueva polémica y también una nueva gran obra pública en el haber del arquitecto Santiago Calatrava, una de las más importantes de su carrera: la gran estación intermodal de transporte Oculus, construida sobre los escombros de las Torres Gemelas de Nueva York y que no ha tenido inauguración oficial –ni la tendrá– debido al alto precio que se ha pagado por ella.

Se trata de una obra sin duda extravagante, inspirada como es tan habitual en él en un ave que echa a volar y que sin duda choca por su blancura en medio del paisaje de rascacielos. Le sobran los detractores aunque también ha encontrado valedores; sin ir más lejos, el crítico de arquitectura del New York Times David Dunlap, que lo ha interpretado como una acertada réplica, en clave moderna, de la Grand Central Estación, también en Manhattan. Era lo que pretendía el Calatrava desde el principio.

"La combinación de la luz natural y la forma escultural le da dignidad y belleza a los primeros niveles del edificio y los caminos peatonales, y ofrece a la ciudad de Nueva York un tipo de espacio público que no ha disfrutado antes", declaraba orgulloso el valenciano en una nota de prensa.

La polémica por los sobrecostes ha vuelto a salir a la palestra en su biografía. El precio final de las obras es de 4.000 millones de dólares, lo que la convierte en la estación de tren más cara de la historia, y eso que no está programada para mover sus alas. El diseño de la estructura, construir por debajo de la línea de metro y el huracán Sandy contribuyeron decisivamente al incremento extremo del presupuesto; aquí poco se puede achacar a Calatrava. Cerca de 500 se debieron al diseño arquitectónico; 32, al tragaluz.

Sobre su particular visión del oficio se puede debatir hasta la extenuación. Su opinión es que "la arquitectura, como la pintura, permite a la persona proyectarse en ella. Que uno se proyecte en su obra es un derecho". Pero quizá debería ser la última de las prioridades o, sencillamente, no existir, al imponerse el interés público en edificios como el Oculus. En pintura, escultura o performance, el autor es libre de expresarse como plazca, dándose todos los caprichos que quiera. En arquitectura pública, su especialidad, tienen un coste que pagan los contribuyentes, no los políticos.

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