El museo que Juego de Tronos ocultó

La gran batalla del capítulo 'Botines de Guerra' tuvo lugar junto al insólito museo Vostell-Malpartida de Cáceres

Txema Ybarra

Museo Vostell-Malpartida

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Galería

Una de las mayores batallas rodadas nunca para cine o televisión ocupó los últimos diez minutos del episodio Botines de Guerra, del cuarto episodio de la séptima temporada de Juego de Tronos. Además de fuego de dragón, hábiles espadachines y arqueros disparando sus flechas de pie sobre los lomos de sus caballos, se pudo contemplar el majestuoso paisaje de Los Barruecos, en Cáceres, un espacio de relieve aplanado, salpicado de charcas y enormes domos graníticos que conforman, sin duda, un escenario de película que ostenta la categoría de Monumento Natural.

Lo que quedó fuera de foco fue el otro gran aliciente de Los Barruecos, tan original e inesperado como este paraje: el museo Vostell-Malpartida, fruto de una bella historia de amor. Nacido en Leverkusen, Alemania, Wolf Vostell fue una de las figuras centrales del movimiento Fluxus, de mucho predicamento en los años 60 por su intento de crear un "arte total" alejado de los mercados y abierto a influencias de todo tipo, desde el happening y el land art hasta la música conceptual. Después de estudiar en París, en 1958 viajó a España para estudiar en el Monasterio de Guadalupe (Cáceres) la pintura de Zurbarán. Allí conoció a la maestra Mercedes Guardado con la que se mantendría unido hasta su muerte, en 1998.

Fruto de esa relación es este museo Vostell-Malpartida, inaugurado en 1976 con la obra V.O.A.EX. Viaje de (h)hormigón por la Alta Extremadura, que consistió en cubrir de hormigón el Opel Kadett de la pareja, que se ubicó entre roquedos. Según el propio artista, las rocas de batolito granítico le dijeron: "tienes que hacer algo aquí". Plagado de restos neolíticos y pinturas rupestres, entre los siglos XVI y XIX el hombre transformó este paisaje para sacarle el máximo rendimiento. Aprovechando los pequeños cursos de agua estacionales se construyeron cuatro represas que alimentaron fuentes para el abastecimiento de molinos harineros, lavaderos de lanas, batanes y otras instalaciones preindustriales, así como una nueva fauna lacustre. Y todo este legado, medio en ruinas, lo rescató el museo.

Recibe al visitante espectaculares esculturas al aire libre donde objetos cotidianos como el coche o la televisión adquieren una simbología fetiche para alertarnos de los conflictos que acechan a la sociedad moderna. El primer edificio, dispuesto en paralelo al muro de la presa principal y destinado antaño al esquileo y pesado de lanas, alberga parte del trabajo de Wolf. Obras como Fiebre del automóvil, Las chicas del billar y Transhumancia conviven con esa arquitectura de otro tiempo.

Un amplio patio articula la comunicación entre edificios. Allí pueden contemplarse otras instalaciones, como Los toros de hormigón, de Vostell, y Templo del viento, de Rafael Opstaele, antes de adentrarse en la colección Fluxus, donada por Dino di Maggio, galerista y director de la Fundación Mudima de Milán. La componen 250 obras de 31 artistas europeos, norteamericanos y asiáticos. Una de las piezas más inquietantes del museo, ¿Por qué el proceso entre Pilato y Jesús duró solo dos minutos?, un tótem compuesto de dos coches y partes de un avión, domina el jardín junto al lavadero de lanas. Algo más –diez minutos– duró la última escena del último capítulo de Juego de Tronos, creemos que no tan espectacular como este museo (y eso que nos gustó mucho).

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